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Covid-19: Un paréntesis para una nueva perspectiva laboral

Ya llevamos un tiempo tratando de acostumbrarnos a la nueva situación (la crisis del Covid-19) y, de una forma u otra, nos estamos adaptando a ella. Apenas estamos empezando a vivir una «nueva normalidad», mirando al pasado con nostalgia y al futuro con cierto nerviosismo, pues toca construir el mundo que viene, un lugar distinto al conocido, pero no necesariamente peor.

El —tan presente— coronavirus ha puesto patas arriba nuestra seguridad, nuestras instituciones sanitarias y nuestra capacidad de respuesta colectiva. Pero también nuestra vida laboral, dónde las certezas que habíamos asumido se han desmoronado.

Puede que estés llevando esta situación con una perdida mínima de ingresos o que tu economía se haya venido abajo. Puede que tengas cierta seguridad en el retorno a la normalidad laboral o que ni siquiera hayas parado de trabajar. Te vaya como te vaya, tu futuro profesional tiene más pinta de un incómodo interrogante que antes.

Porque aquello que teníamos bien agarrado ya no es tan seguro y ahora navegamos por un nuevo entorno laboral con aguas turbulentas: el teletrabajo y la autogestión, nuevos cambios procedimientos institucionales, la crisis económica, la inseguridad de los individuos, las nuevas fronteras difuminadas entre familia y trabajo, las nuevas medidas que tenemos que asumir en nuestro día a día…

El fin de nuestras (¿deseadas?) recompensas

¿En qué piensas cuando imaginas la vida de tus sueños? ¿en celebraciones, en planes de viajes a lugares de ensueño? ¿qué incluye tu vida soñada? Puede que incluya estar en una playa, libre de preocupaciones, con buena compañía, buena música, temperatura cálida y una brisa agradable. Probablemente, sea cual sea la tuya, será una vida de cine, de película.

¿Se parece tu vida deseada a la que llevas en el día a día, en tu entorno personal y laboral? Si eres una de esas personas «tan raras» cuyas vidas cotidianas no se parecen en nada a sus vidas soñadas, seguramente te habrás dado cuenta de que algo que ha cambiado: el asumido intercambio trabajo-dinero que tenemos en nuestra vida laboral ha dejado de funcionar tan bien como antes.

¿Por qué? Porque la mayoría utilizamos el dinero para satisfacer nuestras necesidades de supervivencia pero éstas no son las únicas que satisfacemos con nuestros ingresos, hay muchas más: los 15 días de vacaciones en Estepona, las escapadas de los puentes, las barbacoas de los días soleados, las salidas a los centros comerciales, las comilonas en los restaurantes, las noches de fiesta, la cañita del bar con los colegas, las citas con el café y los dulces recién hechos entre manos, las celebraciones de las finales deportivas…

Poder salir a la calle sin dificultad ya no está asegurado

Todas esas posibilidades de consumo con las que nos recompensábamos por nuestro buen trabajo al terminar nuestra ajetreada jornada laboral han quedado suspendidas temporalmente y, sin ellas, nos damos cuenta de que los festivos importan menos, los días se repiten y se parecen más unos a otros y, ingresemos lo que ingresemos, no podemos acceder este tipo de premios de consolación. De esta situación podemos sacar dos grandes reflexiones para construir una nueva vida laboral:

#1. De los consuelos diarios a la vida laboral con sentido

En el paradigma laboral actual, muchas personas se levantan día a día para poner todo su esfuerzo en conseguir la vida de sus sueños, viviendo atareadas rutinas diarias que se alejan precisamente de sus ilusiones.

Debido a ese sobrecargado esfuerzo, las recompensas que nos damos, en los descansos, al final del día o en los fines de semana, son esenciales para sostener nuestro estilo de vida cansado. Son el argumento ideal para convencernos de que el intercambio trabajo-ingresos merece la pena (incluso cuando odiamos nuestro trabajo) ya que nos sirven como refugio, son formas de escapar de un estilo de vida que nos aprisiona.

¿Pero qué pasa cuando estas recompensas dejan de estar accesibles? El sueldo económico pierde relevancia frente a otros valores que el trabajo puede aportarnos: el sueldo emocional, el cumplimiento de nuestros valores, los beneficios de la contribución y/o la auto-realización.

Si la vida laboral que has construido solo se sostiene con un salario económico, es fácil no dar el 100% en lo que haces, no aportar valor a tu empresa, abandonar un proyecto e incluso dejarlo caer. Al mismo tiempo, tomar decisiones desde el miedo a perder lo único que te queda (tu fuente de ingresos), te hace dependiente y se transforma en una trampa para no poder salir de ahí.

En la nueva situación, la falta de estos premios de consolación visibiliza la carencia de sentido de la vida que hemos construido. La libertad para cambiar siempre ha estado ahí pero tal vez hoy, sin recompensas en las que refugiarnos, resulta más fácil dar el paso necesario para cuestionar la rueda laboral en la que nos hemos visto atrapados y construir otro nuevo camino.

Porque, haz un ejercicio de sinceridad: ¿15 días de vacaciones al año dan sentido a todo tu trabajo? ¿no preferirías vivir una vida laboral con sentido propio? Más allá del ingreso… ¿Te has preguntado que quieres recibir de tu trabajo?

#2. Del sálvese quién pueda a la contribución laboral

La otra cuestión no trata de lo que recibimos, sino de lo que damos: Teniendo en cuenta que nos pasamos 1/3 de nuestra vida durmiendo y del tiempo restante solemos dedicar gran parte al trabajo, puedes ver el trabajo como una gran inversión que haces en tu mundo: a través de la cual influencias en tu vida, en la vida de los demás y en tu sociedad. Y ya hemos visto que podemos justificar esa inversión de tiempo con el sueldo que recibimos, pero… ¿por qué no seguir recibiendo ingresos a la vez que elegimos cual queremos que sea nuestra huella laboral?

Si lo viéramos así, en lugar de elegir trabajo en base a nuestra estabilidad personal o nuestra posición social, tendríamos más en cuenta qué es lo que los demás necesitancuál es nuestra función dentro de nuestro sistema y cómo vamos a contribuir al mundo con nuestra inversión de tiempo.

Sin embargo, vivimos en una sociedad donde impera el sálvese quién pueda. El miedo es nuestro consejero y las consecuencias: conflictos e inseguridades.

Pero esta crisis presenta otro motivo más para abandonar el viejo paradigma: gran parte de las profesiones, algunas de las mejores pagadas, se han paralizado y venido abajo. Los puestos de trabajo que no son percibidos como indispensables para la sociedad son los primeros en caer. Sin embargo, las profesiones que se mantienen en funcionamiento, tienen algo en común: cumplen una función esencial para el bien común. Ya sean agricultores, enfermeros o profesores.

Esto no quiere decir que todas las profesiones que se han paralizado no sean necesarias pero… ¿están enfocando sus fines de forma adecuada? Tal vez requieran que les demos una vuelta de tuerca, ya que muchas carecen de un sentido profundo y no encajarían, al menos de esta forma, en una sociedad más saludable que la actual.

Cuando tu actividad laboral soluciona una necesidad, en lugar de crearla, y se enfoca hacia el bien común, el trabajo pasa a tener un sentido social en sí mismo y se hace imprescindible.

Muchos expertos hablan de que vamos a tener un gran paréntesis, posiblemente de años, dónde haya menos gasto y las personas tenga que empezar a aprender nuevas habilidades. Tras este período, muchas profesiones no tendrán cabida en el nuevo mundo.

Es hora de invertir en nosotros mismos, en nuestro autoconocimiento y nuestras habilidades, para construir un nuevo trabajo en base a nuestras fortalezas. Ya sea emprendiendo con un servicio con sentido propio o remodelando nuestro trabajo actual con este nuevo reenfoque hacia la contribución, ¿te atreves a dar el paso?

Pregúntate qué es lo que va a necesitar el mundo y qué es lo que tu puedes ofrecer para resolver esa necesidad; tus recursos puestos al servicio de los demás de forma efectiva van a ser el factor diferencial de nuestro nuevo presente.

Francisco Vicente Hernández Ramírez
@franvhdez

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