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Cómo influye el lenguaje en tu pensamiento

Tanto nuestra forma de pensar como nuestra forma de hablar nos definen como seres humanos. Pensamiento y lenguaje se influyen mutuamente. Pensamos para hablar, pero también definimos nuestro pensamiento a través del lenguaje.

De esta forma, cuando lees estás líneas, los significados de las palabras aparecen instantáneamente en tu cabeza, ¿depende entonces, nuestro pensamiento, de las palabras que tenemos asociadas a los conceptos? ¿de la lengua que hemos aprendido?

¡Es curioso! En textos antiguos podemos observar que los griegos definían el mar con un color «vino oscuro» y el cielo como «bronce». Algo que no parece cuadrar con los mares y cielos azules que coloreamos desde pequeños, ¿es posible que estos antepasados no percibieran el color azul? En estudios actuales sobre el número de palabras asociadas a colores de aquellos textos; encontramos que sobre todo existía en ellos el blanco y negro, el rojo se repetía en pocas ocasiones, el verde y el amarillo aún menos pero el azul era inexistente. ¿Será posible que vieran el mundo en blanco y negro con ligeros destellos de rojo?

Parece que los griegos no eran los únicos que no reconocían el azul del cielo (hay muchas civilizaciones con el mismo tipo de «problema»). Muchas teorías han argumentando que no tener una palabra para definir el color les imposibilitaba percibirlo. Una cuestión fascinante, ¿no tener una palabra en tu idioma para identificar un concepto no te permitiría ser consciente del mismo? ¿significaría esto que hay idiomas que permiten mayor capacidad de reflexión?

¿El lenguaje determina nuestra realidad?

En la ficción de la famosa novela política «1984» de Orwell se crea la neo-lengua. Un idioma nuevo en el que se eliminan palabras asociadas a conceptos como la libertad para evitar que los ciudadanos puedan pensar en dichos conceptos y desearlos.

Esta perturbadora idea está relacionada con la teoría de la relatividad lingüística de Whorf y Sapir del primer tercio del siglo XXI: el lenguaje determina la estructura de los procesos de pensamiento. Según ésta, la lengua que usamos afectaría al modo en que recordamos las cosas y determinaría nuestra percepción del mundo e incluso nuestra forma de actuar.

La idea parece plausible, todos tenemos esa especie de dialogo interno con el que pensamos, para el cual necesitamos un idioma. Además de que cuando comunicamos nuestros pensamientos, no podemos escapar a la organización que nos da nuestra lengua.

Si esto es cierto, no pensará igual un chino que un francés, nuestra realidad sería tan variable como la variedad de lenguas que poseemos y los conceptos serían, en ocasiones, intraducibles de un idioma a otro. Necesitaríamos aprender más idiomas si queremos tener una experiencia de vida más enriquecedora. 

Una de las películas que mejor sabe ejemplificar esta teoría whorfiana es «La llegada». Explora la idea de que usar un lenguaje distinto al humano podría modificar nuestra percepción sobre el tiempo.

¿Puede ser esto posible? ¿Un hispanohablante comprenderá entonces la realidad de un modo distinto a un angloparlante? Pronto lo resolveremos.

El mito de los esquimales y la nieve

¿Alguna vez has escuchado aquello de que los inuit (los esquimales) tienen 20 palabras para referirse a la nieve cuando nosotros solo tenemos una? ¿que gracias a esto son capaces de distinguir entre más tipos de nieve?

En realidad, no tienen esa cantidad de palabras. Además, tener una sola palabra para la nieve no nos imposibilita percibir diferentes tipos de nieve.

A lo largo de diferentes publicaciones de prensa el número de palabras del supuesto lenguaje esquimal fue subiendo: hay artículos que hablan de 40 e incluso en un editorial del The New York Times se llegó a hablar de 100. Un ejemplo más de cómo una leyenda urbana suficientemente atractiva puede pasar fácilmente a concebirse como un hecho.

Éste y muchos otros mitos, han servido para vender la teoría whorfiana durante años. Como que el alemán permite reflexionar sobre conceptos de forma más profunda y por eso hay tal cantidad de importantes filósofos germanos, o que los hopis (tribu Nativo Americana) no distinguen el pasado, presente y futuro por no tener palabras para estos conceptos y, al mismo tiempo, distinguen mejor que nosotros los movimientos gracias a tener mayor cantidad de palabras para describirlos.

«El gran fraude del vocabulario esquimal y otros ensayos irreverentes sobre el uso del lenguaje» de Pullum es un libro que desmitifica estas leyendas sobre el lenguaje.

Hoy se sabe que muchos de estos mitos son falsos. Los estudios han demostrado que las diferencias entre las lenguas no son tan determinantes en nuestra percepción como se creía. Todos tenemos la misma capacidad para percibir el mundo. Entonces, ¿qué influencia puede tener la lengua que usamos sobre nuestro pensamiento?

Determinar vs Influir

Gracias a diversos experimentos, sabemos que los bebés ya son capaces de percibir muchos conceptos y sus características sin tener palabras asociadas a ellos. Pero esto no elimina la relación lenguaje-pensamiento. Si bien es cierto que tu lengua no puede determinar tu manera de percibir realidad, sí que influye en tus pensamientos.

Cada idioma tiene una estructura, un orden y unas características que moldean ligeramente ciertas propiedades del entorno. No influye tanto el vocabulario, como defendía Whorf, sino sobretodo las normas gramaticales de cada lengua, que nos obligan a poner nuestra atención en aspectos específicos.

Por ejemplo, en la lengua quechua hay tres sufijos verbales obligatorios (-mi, -shi, y -chi) y cada uno indica el grado de certeza que se tiene sobre lo que se dice: se usa -mi cuando uno está convencido de lo que dice porque tiene información de primera mano, -shi cuando ha obtenido la información de forma indirecta (se la han contado) y -chi cuando está comunicando una hipótesis/una creencia. En inglés o en español no tenemos obligación de dejarlo claro y lo normal es no decir el grado de certeza: «Laura compró un ordenador nuevo».

Esto no significa que no distingamos entre una hipótesis y un hecho veraz, incluso tenemos recursos en el lenguaje para comunicar estas diferencias, simplemente podemos añadir a la frase «He visto que…» o, en caso de hipotizar, «Creo que …». Pero el uso de estos recursos es opcional, mientras que en la lengua quechua, están obligados a expresarlo por su gramática.

La diferencia es que los quechuahablantes tienen mayor atención sobre la evidencia de lo que dicen y son más rápidos distinguiendo la conjetura del hecho, gracias a su especialización en la tarea. A los hispanohablantes nos cuesta más recursos cognitivos pensar y poner nuestra atención sobre ello. 

Se trata de una cuestión de entrenamiento. Por tanto, aunque no existan barreras conceptuales ni cambios en la percepción entre las lenguas, sus normas sí que tiene un impacto cognitivo

El lenguaje nos da una estructura muy vinculada a nuestro contexto y nuestra cultura a medida que crecemos. A la pregunta: ¿Un hispanohablante comprenderá entonces la realidad de un modo distinto a un angloparlante? Podemos decir que no, que ambos pueden percibir la realidad con las mismas capacidades pese a las diferencias de sus idiomas, pero sus lenguas sí potenciaran o limitaran el entrenamiento de ciertas capacidades y sus estructuras pondrán la atención en diferentes aspectos de la realidad.

Imagina que a Roberto se le cae un vaso de agua al suelo por accidente. Un español diría, «el vaso se ha caído», incluso Roberto podría decir, «el vaso se cayó solo», la frase tiene sentido gramaticalmente en nuestro idioma. Sin embargo, esto no está aceptado en la estructura anglosajona, un inglés tendría que decir forzosamente: «Roberto ha tirado el vaso», señalando obligatoriamente al responsable del accidente.

La diferencia parece insignificante, pero tiene consecuencias: cada hablante presta atención a cosas distintas. Mientras que el inglés recordará mejor quien es el responsable del accidente —Roberto—, el español recordará peor quien fue el responsable y recordará mejor que fue un accidente y no había intención. Y esto puede tener implicaciones en, por ejemplo, la historia que relatan los testigos en los juicios o la manera en la que una persona tiende a ver razonable el castigo.

¿Cómo puede el lenguaje ayudarte a pensar diferente?

A día de hoy seguimos investigando la relación entre lenguaje y pensamiento, pero con lo que ya sabemos podemos servirnos de nuestra forma de hablar para pensar de un modo más útil. Así que, para concluir, aquí tienes dos estrategias que puedes implementar para entrenar tu pensamiento a través del lenguaje.

Elige una para poder poner toda tu atención sobre ella, aplícala durante una semana y no te olvides de contarme qué tal te ha ido:

– Cambia la palabra «pero» por «y». La palabra «pero» es una puerta a un sinfín de excusas que muchas veces no nos ayudan a encontrar soluciones, al mismo tiempo es una expresión que anula lo que hemos dicho anteriormente, restando importancia a aspectos positivos que haríamos bien en comunicar o tener en cuenta. Aun cuando te resulte extraño, prueba a tratar de eliminar «pero» sustituyéndolo por «y», tanto en tus conversaciones como en tu diálogo interno. 

– Cambia la expresión «tengo que» por «quiero». Este simple cambio en el lenguaje nos ayuda a poner nuestra atención en nuestros deseos, obligaciones, justificaciones y elecciones. Comprobarás que este ejercicio favorece un cambio positivo en la actitud con la que afrontas tus quehaceres e incluso te puede ayudar a hacerte consciente de tus decisiones y replanteártelas.

Elijas la estrategia que elijas, puedes ayudarte de las personas que tienes a tu alrededor para que te recuerden estos cambios.

El ejercicio no busca prohibir o condenar el uso de las expresiones «tengo que» o «pero», se trata simplemente de experimentar eliminándolas durante un tiempo para que sea más fácil comprobar sus efectos. De esta forma podemos entrenar nuestra capacidad de elegir conscientemente que expresión usar, dependiendo del contexto, y poder hacerlo de forma útil.

Francisco Vicente Hernández Ramírez
@franvhdez

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